viernes, 4 de noviembre de 2011
Chau, Charlie
Incluso años después de no haber escrito nada realmente importante -en ningún lado-, es todavía éste en el primer lugar que pienso cuando estoy terriblemente triste porque mi perro se murió. Y acá estoy, escribiendo algo que no quería escribir ("¿para qué?"), pero con la certeza de que si no lo hago estoy engañándome, o negando lo que apenas si empieza a parecerme evidente. O todavía peor, me envuelve la sensación de que estoy borrando con el codo una existencia, emocional y profundamente significativa de mi vida, con quien compartí buenos y malos momentos durante quince años.
Lo llamábamos amistosamente Peter Pan porque tenía la habilidad de aparentar bastantes menos años de los que tenía. Algunas de las personas con las que nos cruzábamos en los paseos lo confundían con un cachorro, y se sorprendían cuando le decíamos cuán grande era, y no faltaron los que pensaban que era una hembra. "Sos un trolo", lo gastaba yo. Y le acariciaba la cabeza.
Esa cualidad de Peter Pan no resultaba sólo estética, porque Charlie gozó de muy buena salud (afortunadamente) durante muchos años. Pero sobre el final, los deterioros inevitables de la edad se fueron acumulando. Los ojos se volvieron más y más nublados (aunque todavía era capaz de distinguir un perro a la distancia, lo que señalaba al levantar las orejas mientras se paraba firme sobre sus pies); canas empezaron a brotar en un hocico que había sido muy, muy negro; algunos bigotes se le perdieron (yo tomé la costumbre de pellizcarle un poquito los mofletes y decirle "bagre"). La agilidad espontánea se fue disolviendo hasta convertirse en un hábito cansado de repetirse. El trote se volvió caminata. Y aunque ya no tiraba con fuerza de la correa, sí se plantaba como una piedra cuando algo en el suelo le llamaba la atención. Él encontraba un profundo placer en olfatear y lamer toda clase de porquerías, pero yo lo tironeaba, sacándolo del trance. "Chupador de mierda, asqueroso", y un tirón de la correa. Siempre tuve miedo de que se fuera a enfermar de algo por mojar los labios en la roña ajena, pero nunca se pescó nada, y ahora sólo me quedan la culpa y el arrepentimiento de haberle privado de ese placer incomprensible para mí.
Cuando las patas traseras empezaron a retobarse, al punto de aparentar voluntad propia, la doctora Gilda le recetó un suplemento vitamínico. Ese tratamiento tuvo sus buenos resultados, pero jamás recuperaría del todo esa gracia jocosa de la juventud, que sólo pareció haber existido cuando se pierde.
Un día, a mediados de año, Charlie se paró y se cayó. Le costó mucho esfuerzo ponerse de pie. Las piernas parecían luchar contra un hielo invisible. Lo llevé a la veterinaria esa mañana. El camino fue tortuoso, seguramente más para él que para mí. Y el médico dijo que era la próstata. Que estaba hinchada. Que probablemente tuviera dificultades para orinar (no tenía). Que era el dolor y la molestia lo que le hacía pensar dos veces donde poner las patas. Que posiblemente fuera un tumor, pero que probablemente sería una infección bacterial, algo esperable dada la edad y que no estaba castrado. Y después de recomendar que le hiciéramos una ecografía, agarró un frasco del botiquín, marrón y grande, como uno de jarabe para la tos, lo perforó con una jeringa y le dio a Charlie una inyección, con esa maestría insensible de los médicos. El nombre de ese antibiótico me resultó confuso y exótico, pero no me lo voy a olvidar nunca más: enrofloxacina. Inyecciones más tarde, y pastillas de enrofloxacina después, Charlie ya estaba mejor. ¡Era la próstata!
Pero la ecografía dijo que había un tumor. Así que le sacaron sangre. Yo le pasaba la mano por la barriga blonda porque estaba depilada. Pinchaba un poco.
Recomendaron que lo hiciéramos castrar, porque la ausencia de hormonas no irrita la próstata. "Vas a quedar nena", lo gastaba yo. Cuando llegaron los resultados de los análisis y los glóbulos blancos dieron bien, la preocupación por el tumor se achicó. De hecho, casi todos los demás valores daban bien. Los que no, se adjudicaban sólo al tiempo. Pidieron un ecocardiograma, para ver si el corazón soportaría la cirugía. Pero de ahí en más todo fue cuesta abajo, cuesta arriba por un rato, y cuesta abajo otra vez.
Charlie meó oscuro una vez, pidieron otra ronda de enrofloxacina, y mejoró. El estudio del corazón dio bien, salvo por el segundo soplo que le encontraron (sabíamos del primero). La cardióloga dio el visto bueno para la operación, pero la médica que lo hubiera operado dijo que los análisis le preocupaban. Que no sabía si los riñones iban a aguantarse la anestesia. Que prefería esperar antes de operarlo. La cardióloga recetó Cardiovier, un medicamento para el corazón, que se sumó al antibiótico. Yo me hacía el gracioso diciendo que Charlie tomaba "cardioviej". Quiero creer que él se hubiera reído un poco también.
Todo se volvió un ensayo farmacológico de prueba y error, según el cual se retiraba uno u otro medicamento por la mayor evidencia de efectos secundarios. Que el perro cagaba flojo, y vuela el suplemento vitamínico. Que el perro caga negro, chau Cardioviej. Que las patas están patinando, vuelven los antibióticos. ¿Pis oscura? Veterinaria, sonda urinaria, y más antibióticos. Análisis de orina, bacterias, el diagnóstico de siempre.
Yo pensé que Charlie se moría el día que patinó al piso y casi no llegó caminando a la veterinaria. Los malabares médicos me parecieron deseables al principio, pero después se me fueron revelando más como lo que eran.
Hace dos domingos, tía vino a casa después de votar. Charlie pasó casi todo el día en la cama, durmiendo. Nos llamó la atención, y reaccionamos como veníamos haciéndolo desde hacía unos meses: con otra tira de antibióticos. Esa semana yo tenía que estudiar para dar un parcial. ¡El último cuatrimestre! Por dentro, te puteé, Charlie. Por mariconear cuando menos lo necesitaba, cuando tenía que concentrarme.
Caminaba lento en la calle, y el viernes pasado dimos nuestro último paseo. Tuve que arrastrarlo para hacerlo caminar porque no quería, o ya no tenía ganas. En mi bestialidad, razono, quería verlo bien. Como antes, o como siempre. Si podía subir a la cama, pensaba yo, ¿cómo no iba a dar unos pasos? Por eso lo entraba a los tirones al edificio, al ascensor. Por eso, y para que nadie lo viera mal: le hice pasar unos momentos de mierda cuando menos lo necesitaba, y no hay racionalización que me auxilie para pensar que no hice nada malo. Charlie empezó a necesitar ayuda para subir a la cama. En ese momento creo que dejó de intentar. El sábado no quiso caminar. El domingo no quería ponerse de pie. Sólo tomaba agua, porque no aguantaba la comida. Lo vomitaba todo.
Los últimos días estuvo casi todo el tiempo echado en el suelo. A veces encontraba suficiente sosiego como para dormir. En los sueños que tenía correría, porque sus patas se movían todavía jóvenes mientras soñaba (nosotros hacíamos chistes sobre eso porque, cuando soñaba profundamente, y sus patitas se movían agitadas, parecía como si estuviera peleándose con una moto que no quería arrancar).
Pasó dos días sin mear. El domingo sólo hizo un charquito en el jardincito del edificio. El lunes a la mañana vomitó por última vez. Yo seguía estudiando, porque no me quedaba otra. ¿Qué hacer, si es el último cuatrimestre, las últimas tres materias? Y para colmo, estaba obligado a sacarme una buena nota porque, única vez en toda la carrera, reprobé un primer parcial. Empecé a tener arranques de llanto. Me acercaba a Charlie y le hacía mimos. Tenía muy mal aliento. El olor era horrible, y le hablaba directamente a mi estómago. Leía y puteaba. Yendo a la facultad, pasé por donde salíamos juntos todas las mañanas.
El lunes a la noche, mi vieja pasó por la veterinaria y le dieron una jeringa cargada de calmantes y antivomitivos. Dijeron que tenía lo de siempre: una próstata inflamada. Y que nos confiaban la jeringa porque "éramos nosotros". Ella lo inyectó, y ya no vomitó más. Charlie caminó hasta su habitación esa madrugada, y no se levantó. Amaneció con la cabeza sobre la aspiradora, a la que siempre le había tenido terror, y con la que yo me divertía persiguiéndolo por toda la casa, sólo para reírme de ese miedo tonto que tenía (él siempre encontraba la forma de ponerse delante de la aspiradora en vez de esconderse definitivamente).
Esa mañana fui yo a la veterinaria, donde me dieron otra jeringa, y una tira de pastillas ("Singestar"). Eran hormonas femeninas, que supuestamente iban a achicar la próstata.
Tres veces tuve que pincharlo porque no sabía cómo (sí sabía cómo, pero no tenía práctica). Charlie no se quejó. Apenas levantó la cabeza, como diciéndome "boludo". Pero nada más. A la hora, tal como dijo la doctora Gilda: dos pastillas de Sinchistar. Miguel, el dueño de la veterinaria (y el papá de la médica que dudaba de operarlo), me dijo que si Charlie no orinaba, iban a tener que sondearlo de nuevo. Me ofreció venirme a buscar a casa si Charlie no podía caminar. Y acepté su oferta (sin orgullo) esa tarde.
Charlie pasó unas horas en la cama. Lo había acostado ahí para que estuviera más cómodo, pero no durmió. Después me lo cargué a upa, entramos al ascensor, salimos y esperamos un rato en la vereda. Cuando Miguel abrió la puerta trasera de la camioneta, mi vieja acomodó un toallón sobre una reposera plegada, para que Charlie no dejara pelos. Le habrá resultado un viaje incómodo. Yo fui arrodillado en el asiento de atrás, y lo sujeté como pude para que no perdiera el equilibrio en el bamboleo del adoquinado. No se quejó, ni se asustó. Miraba el paisaje por las ventanillas cuadradas.
La doctora Gilda lo sondeó. Yo pensaba que iba a salir orina oscura o ensangrentada, pero era de un saludable color amarillo, aunque la cantidad acumulada les resultaba escasa. Charlie tomaba poca agua ya, y teníamos que hidratarlo con jeringazos directamente en la boca, a modo de gotero.
Después del sondeo, le afeitaron la pata y le colocaron trabajosamente un catéter, al que envolvieron con cinta adhesiva. Gilda dijo que la vena estaba en estado de "colapso", pero no pareció ser algo preocupante.
Al suero que le colocaron fueron complementándolo con toda clase de medicamentos. Harían vitaminas, y también suplementos. Ningún frasco del botiquín parecía salvarse de las manos de Gilda, que cargaba jeringas alternando entre unos y otros, para vaciarlas dentro del suero que ahora se enturbiaba de amarillo. Charlie empezó a despabilarse. Levantaba la cabeza e intentaba ponerse de pie. Yo lo mantenía acostado. Le pusimos la toalla de almohada, y reposó un rato, mientras más y más clientes empezaban a llegar a la veterinaria. Que cuánto está el antipulgas, que cuánto está ese alimento, que tengo el perro con la piel irritada.
Hablamos de lo maleducada que era la gente del barrio. De la ignorancia para la crianza de los chicos, que molestan todo el tiempo, llamando la atención sobre sí mismos cuando sus padres necesitan hablar con el profesional acerca de esa mascota de la que ellos dicen ser dueños, con el orgullo infantil de una responsabilidad fantasmagórica que siempre es compartida a medias. ¿Por qué no los pueden hacer callar un minuto? Imaginé cuán difícil debe darse una pelea así desde esa trinchera-veterinaria, mientras miraba fajos de papel en una estantería, folletos destinados a la instrucción básica en el cuidado de animales y los consejos para su socialización con niños y adolescentes.
Ya era de noche. Fuimos los últimos clientes del día. Terminaron de envolver el catéter, que no sacaron, anticipándose al suero que deberían administrarle a la mañana siguiente, y de nuevo acomodamos a Charlie en la camioneta, mientras Miguel y Gilda cerraban el negocio. Charlie movía la cola recostado sobre la reposera. Por un momento parecía que todo estaba bien. Viajamos todos juntos, y nos reímos un poco cuando Charlie se golpeó la cabeza al intentar incorporarse, creyendo que era, en el fondo, una señal de la pronta recuperación.
En casa, volvió a estar en el piso. Cada tanto lo azuzábamos, pidiéndole que se levantara, viendo que podía sostenernos la mirada, que ya no la tenía fija en el vacío, que parpadeaba. Pero todavía no estaba en condiciones. Uno se contenta aventurando los motivos. Que hace poco le pusieron el suero. Que todavía no le debe estar haciendo efecto. Y él él tenía la cabeza erguida, no se acostaba desfalleciente en ese gesto que nos angustiaba tanto.
Pasaron las horas. Yo lo acomodaba arrastrándolo despacio por el piso, para que no lo pisáramos sin querer, ni yo fuera a atropellarle una oreja con las ruedas de la silla. Antes de acostarme, vi un video en Internet. Un experimento químico en el cual vertían una solución de color rojo en un vaso de precipitados, que reaccionaba con el líquido presente y pasaba del rojo al verde, y del verde al amarillo.
Apoyé la cabeza en la almohada pensando que mañana íbamos a tener que llamar a un remis para llevar a Charlie a la veterinaria y seguir con el tratamiento, cuando escuché un ruido extraño. Charlie hacía toda clase de ruidos a la noche. Lo escuchábamos tomar agua como un caballo, o echarse en el piso a comer alimento balanceado, el que masticaba crunchi, crunchi, crunchi a las dos de la mañana. Y más recientemente, las uñas le habían crecido tanto (se las quisimos cortar muchas veces, pero él se ponía quisquilloso cuando le tocaban las patas) que sus pasos resonaban tiqui, tiqui, tiqui dondequiera que fuera. Escuché los taquitos esa noche. Golpeaban raro contra el piso. Así que me levanté, a oscuras, y alumbrándome con el celular lo vi convulsionar en el piso. Encendí la luz del comedor, y me arrodillé al lado suyo.
Se sacudía con violencia. Abría y cerraba la boca, atragantándose con algo invisible que intentaba sacar con la lengua. Echaba los ojos para atrás. Todo su cuerpo estaba tensionándose. Le agarré la cabeza y traté de sostenerlo como pude para que no se golpeara, diciendo "Charlie, Charlie, Charlie".
Todo eso habrá durado uno o dos minutos, pero a mí me parecieron muchos más. Charlie se tranquilizó. Se había meado un poquito después de la sacudida. Mi vieja se despertó porque me escuchó a mi hablar como un autómata. Le conté lo que había pasado mientras lo vimos serenarse. Inhalaba y exhalaba profundamente. Yo lo limpié.
Fue ahí cuando nos dimos cuenta de que ya estaba todo dicho, todo hecho. Que lo mejor que podíamos hacer por él era sacrificarlo. Que ya no daba más. Eran las dos y media de la mañana. Lo acostamos sobre una sábana, y lo llevamos a la habitación, donde hacía menos frío.
Yo quería llamar a un servicio de emergencia, que alguien lo viniera a matar. Ya habían pasado demasiados días de agonía, y en ese estado no podíamos tenerlo ocho horas más. Charlie se empezaba a quejar. Despacito, nada serio. Sólo parecía molesto.
Me acosté en mi cama, mordí la almohada y lloré un rato. Después volví a la habitación donde estaba él. Mi vieja dice "está cerrando los ojos". Así que me quedé de pie contra el marco de la puerta, mirándolo. Pero Charlie empezó a sacudirse otra vez. De nuevo una convulsión. Los ojos para atrás, las patas duras, la respiración agitada. La mirada perdida. La mandíbula inquieta. Otra vez me arrodillé al lado de él. Acomodé mi cuerpo como pude para intentar sostenerle las patas, el cuello, la cabeza, como si de verdad pudiera hacer algo para tranquilizarlo. Al rato, la convulsión fue perdiendo fuerza. La cabeza se sacudió una vez más, y Charlie se relajó. La mandíbula empezó a abrise y cerrarse como la de los peces que se ahogan al revés que nosotros cuando los sacan del agua. Boqueó así unas diez o doce veces, siempre con la mirada perdida. Puse mi mano delante de su nariz. Lo agarré de la pata. Ya no estaba dura, tiesa. La sujetaba y la soltaba. Estaba completamente relajada.
Charlie se murió en mis brazos a las cuatro de la mañana. Alcancé a sentir cómo la vida se le fue del cuerpo en un soplo, mientras todavía siento en las palmas de la mano las últimas vibraciones del trance de esa muerte. Soportó ocho horas más después del suero, de los medicamentos, las vitaminas, los suplementos. A lo mejor el tratamiento apuró la muerte, o a lo mejor la agonía se fue apilando hasta volverse inevitable. No sé qué causó las convulsiones. Probablemente fueran dos paros cardíacos. O sí fueran convulsiones que aceleraron un paro cardíaco. Todavía no tengo el coraje de averiguar qué clase de muerte fue esa. Y aunque espero de todo corazón que no haya sufrido esos últimos momentos, dudo que esa transición haya sido plácida y poco traumática.
Yo hago ostentación de no creer en nada. En ningún Dios u orden supraterrenal. Creo que no hay nada después de la muerte. Que todo se ennegrece y nada más. No fantasmas, ni espíritus o más allá. Creo que todos, tanto animales como humanos, sufrimos el miedo y el dolor por igual. Y en mi vida hedonista, profundamente intolerante hacia la adversidad, son el miedo y el dolor las sensaciones que ocupan el escalafón más bajo y peligroso. Me duelen el dolor y el miedo ajenos.
Odio la idea de que Charlie murió asustado. Que estuvo dolorido durante días. Que agonizó una muerte de mierda, aunque Gilda dijera, cuando lo vio esa tarde, que su cara no era de dolor. Me culpo por haberlo hecho agonizar así. Por no haber aceptado antes que hacía bastante tiempo que estaba muriéndose. Por no haber tenido el coraje de mandarle un jeringazo de aire en las venas antes de que todo se le volviera negro de esa manera violenta, traumática.
A veces tengo la idea de que existe un tipo de orden cósmico, una balanza privada de moral para la cual sólo cuentan las sensaciones placenteras y adversas (mi mundo funciona según esos principios). Que el haber causado dolor y lamentarlo, se remedia padeciendo otra cuota de dolor propio o prestado con el propósito de equilibrar esa balanza, saldando así las deudas consigo mismo. Claro que no existe esa balanza, ni al universo le importa nada. Pero a veces me tranquiliza mi propio sufrimiento, el displacer.
Y me consuelo con la idea de que yo también voy a morirme dolorido y asustado, y probablemente solo, tarde o temprano. Y que tal vez me acuerde de Charlie en ese momento, y los dos podamos entendernos otra vez en nuestras vidas, en ese plano fenomenológico y universal del dolor y del terror.
martes, 9 de diciembre de 2008
Nos vamos
Las razones son varias, pero las que tuvieron más peso, sin duda:
1. Me di cuenta de que Blogger me hace padecer mucho cualquier intento de modificar la plantilla "estándar".
2. WordPress es más fácil de editar, amigable, es de código abierto, y últimamente me estoy llevando un poco mejor con el PHP.
3. Encontré un servicio de hosting gratuito que parece interesante, al menos por el momento.
No veo la hora de echarle mano a fondo, pero ahora tengo que preparar un final de historia y no tengo tiempo. Y menos tiempo tengo cuando hay cosas más divertidas o creativas para hacer. Todas las ideas me aparecen ahora.
En fin.
odelbor.site40.net
(es un nombre de porquería, pero ya voy a registrar un dominio mejor. Cuando tenga tiempo, claro.)
miércoles, 15 de octubre de 2008
Blog Action Day 2008
Un año después, el tema es la pobreza.
Por eso, hablar de obras de caridad, de cómo influir en la mente ajena sobre el flagelo de la pobreza a través de una campaña publicitaria que movilice sentimientos de hermandad y solidaridad, y la cita sagaz de datos y "trivia" sobre la disparidad entre ricos, pobres y esos que están en el medio, delimitaría los márgenes de la cuestión.
¿Pero es necesario decirle a la gente qué es lo que tiene que hacer para ayudar a que la pobreza golpee con menos furia? Todos sabemos qué hacer para ayudar: es una cuestión de sentido común. También sabemos que muchos no van a hacer nada al respecto.
El lugar común más visitado: mencionar que la pobreza se presenta en formas menos evidentes que la simple "dificultad de autosubsistencia", y está ahí donde falta educación, salud y otros servicios básicos.
La cuestión invita a pensar más.
Pero en otro momento.
sábado, 4 de octubre de 2008
La agonía de la ciencia 1

Luego de ver unos informes sensacionalistas en la televisión local (otra razón para proclamar vade retro), los pensamientos de Chaya se enturbiaron con la idea de que el mundo se terminaría el 10 de septiembre con la primera prueba del LHC, que en realidad no presentaba ningún riesgo, porque el peligro está en la colisión de partículas a alta velocidad. Mientras que esta prueba estaba programada para el 21 de octubre, antes de que se derritiera (o algo así) una especie de imán superpoderoso (o algo así) que pospuso la destrucción unos seis meses, la prueba inicial del 10 de septiembre constaba sólo de la proyección de un haz de hadrones en un sentido y luego en otro, pero no simultáneamente.
Esta pequeña pepita de conocimiento la ignoraron muchos medios de comunicación, convenientemente, porque el temor de la muerte y la extinción siempre vende. Y si no, miren a la estúpida de Chaya.
Es hora de que todas las Chayas del mundo sepan la verdad: hay que esperar hasta la primavera de 2009 (otoño, en el hemisferio sur). Así que dejen añejar esa botella de destapacañerías en la comodidad húmeda y oscura del fondo de la alacena.
Nos vemos en abril/mayo de 2009.
viernes, 3 de octubre de 2008
Sueño I
Se nota que en el sueño, lo mismo que en la vigilia, no me da por usar billeteras. Siempre llevo la plata encima, salpicada entre varios bolsillos, una mala costumbre que más de una vez me hace dar media vuelta en plena calle para reponer algo en los bolsillos que creía llenos. De repente, en el sueño, meto la mano en el bolsillo trasero del pantalón y mirando dentro, en un plano detalle, como si fuera una película (muchas veces sueño como si fuera una película), encuentro unos billetes de veinte pesos doblados en el fondo. Veo también algo azul. Probablemente sea un billete de dos pesos.
Entonces me despierto.
Pienso que no sé de dónde vino el sueño. Un rato después se me ocurre que todo pasa por los últimos dos billetes de diez y veinte pesos que vi en el cajón de la mesa de luz. "Tengo que ir a sacar plata del cajero automático", pienso.
Al otro día encuentro mi billetera. No la había perdido. Yo sé que no la tengo que perder porque dentro tengo el registro (en algún lado lo tengo que guardar). Tenía también una tarjeta de subte con cuatro o cinco viajes más. Y un par de billetes de veinte y algunos de dos, como en mi sueño.
lunes, 7 de julio de 2008
Respuestas
No voy a decir la calificación de esto. Pero hay un poco de sangre, y poco sudor y lágrimas, aunque lo haya terminado a las 5 de la mañana del día de entrega. Los que se hayan topado con Merleau-Ponty sabrán entender.
Suerte.
1. ¿Cuál es la relación entre el pensamiento que se realiza en la palabra y en la práctica del diseño? Incluir en este desarrollo la problemática de la percepción, de las diferencias entre las concepciones sobre el lenguaje visual y verbal, y lo que corresponde a la relación entre pensamiento y práctica, teniendo en cuenta los aportes de Merleau-Ponty y Pierre Bourdieu.
Podría decirse que tanto el pensamiento en la palabra como la práctica del diseño suponen, al menos en alguna medida, el conocimiento acabado del sentido, de la forma de proyectarlo (o, mejor dicho, expresarlo, en el caso de la palabra), y de los efectos que producirá en quienes deban apreciarlo.
Para Merleau-Ponty, la lengua, como fundamento de la palabra, es aquel sistema que permite la expresión de un número infinito de pensamientos a través de un número finito y conocido (o al menos conocible) de signos. El pensamiento en la palabra supone la relación única de un ser con el mundo: el sentido que se construye mediante la palabra no podrá ser completamente reconstruido por otro individuo, y en ello se encuentra la riqueza de la expresión, y el germen que acaba con toda ilusión de traducción.
La palabra no dota de exterioridad a un pensamiento hecho, sino que lo realiza en un doble movimiento que permite, a la vez, hablar de la experiencia singular de una subjetividad con el mundo: se trata de un gesto lingüístico, un acto de señalar el mundo de las cosas en que se desenvuelve la corporeidad a través de la lengua. Pero no hay por ello que pensar en el inequívoco de la significación o en la identidad entre lo representado y la palabra, y menos todavía en un concepto especular, puesto que la dimensión expresiva (“…una vacilación, una alteración de la voz, la elección de una cierta sintaxis…”) diluye la idea de transparencia en el lenguaje, en lo que Merleau-Ponty dio en llamar la “cuasi-corporeidad del significante”.
No es factible creer que el pensamiento sea un texto ideal que las palabras debieran “traducir”, expresar nuevamente en un afuera. Se habla del lenguaje no como un medio, sino como un ser.
A través de su estilo, los pintores y los escritores ponen de manifiesto el modo singular en que ven el mundo, en que se relacionan con él: tanto la pintura como la literatura son formas de crear (y “celebrar”) el mundo mediante una reinterpretación estética de la percepción.
El “estilo” no es sino una forma de recrear el mundo que se ajusta a los valores, creencias o jerarquías del artista, categorías presentes en la percepción e inconscientes para él, pero reconocibles para los demás en la forma una “deformación coherente” de los datos sensibles. La mirada de un sujeto sobre el mundo no involucra sólo el reconocimiento de los objetos, una percepción libre, sino condicionada por la propia existencia que hace ver allí donde hay, por ejemplo, una mujer, el símbolo de “una manera de habitar el mundo, de tratarlo, de interpretarlo por el rostro como por la vestimenta”. En definitiva, un estilo único que percibe distinto de otro, pero plasma en uno reconocible por (y para) otros. Puesto el pintor en esta relación única con su mundo, los efectos de “deformación coherente” del estilo resultarán más comprensibles (“metamorfosis”).
Junto a la dimensión perceptiva del estilo, existe una dimensión motriz, igual de singular, que la acompaña. Se trata de un poder de formulación motora capaz de realizar transposiciones: es la dimensión material y de las cosas percibidas que tiene, en el artista, su correlato en la mirada del mundo. La acción expresiva está condicionada por nuestra capacidad innata de “mirar” y de desenvolvernos (“movernos”) en el mundo. En este sentido debe concebirse el cuerpo como un sistema consagrado a la inspección de un mundo. De esta manera, toda percepción, y toda acción que a ella la suponga, es un acto de “expresión primordial”. Por ello podemos hablar de una unidad del estilo humano que supera cualquier frontera espacio-temporal, y hace de toda la producción del arte una sola.
Lo mismo sucede con la literatura, otra “deformación coherente”, otra puesta en escena de un estilo singular en el que un lenguaje no busca representar las cosas de la manera más pura y objetiva, aunque, a diferencia del pintor, quien niega el pasado, cuya creación está siempre por hacerse, el escritor se apropia de la lengua dada para dar forma a la expresión.
En la práctica del diseño, la palabra ocupa un lugar diferente (distintivo, o singular) al protagonizar una de las dos modalidades que parecen caracterizar el pensamiento y la creación de la obra.
Por un lado, existe la creencia de que en el acto de pensar la obra no hay más que un saber práctico, de tipo artesanal (un “oficio”) del que se halla ausente la palabra, y con ella, el pensamiento y la reflexión sobre la creación, estando el proceso depurado de todo conceptualismo rebuscado, siendo la más fiel representación de lo que es un saber eminentemente técnico y práctico. Se trata de un “pensar con imágenes” que no niega la existencia de un mundo lingüístico (exterior al mundo de las formas puras en el que se cree vivir), sino que viene a complementar ese mundo con un pensar a través de las formas, yuxtapuesto a aquél, por lo que seríamos, alternativa e intermitentemente, sujetos de la imagen, y sujetos de la palabra.
El nexo entre ambos mundos (el de lo visual y el de lo reflexivo a través del lenguaje) sería tendido por una operación intelectual a la manera de las funciones de anclaje y relevo expuestas por Roland Barthes: la palabra y la imagen forman, juntos, una nueva significación, más completa que si se tratara de una existencia singular y excluyente. El texto vendría a dar cuenta de lo que no está en la imagen, y la imagen, de lo que no está en el texto.
Del otro lado se encuentran las teorías reflexivistas, que llegan al punto de pensar la creación de la obra como un proceso signado por el pensamiento desde el momento en que los saberes y conocimientos necesarios para la creación fueran aprehendidos, por lo que todo sería una prefiguración constante.
Sin embargo, y rescatando lo que Merleau-Ponty decía acerca del pensamiento y la palabra, parece necesario reconocer que a lo verbal le corresponde un lugar en lo visual, en el génesis de la imagen. Si consideramos esta creación del mundo en la palabra, lo visual resulta inseparable de lo verbal.
De esta manera, se habla de dimensiones que se interrelacionan, vinculan y suponen una a la otra. En tanto se considere lo visual y lo verbal como un lenguaje, puede hablarse de una traducción posible. En tanto dimensiones, el cuerpo es el encargado de garantizar la equivalencia: lo visual y lo verbal se dan en el cuerpo.
Al respecto de las prácticas, Pierre Bourdieu sostiene que ellas se deben, antes que a un esfuerzo de reflexión consciente y determinación del sentido, a la interiorización de ciertas condiciones objetivas impuestas por la dinámica de clases.
El habitus es el concepto que da cuenta de esta dinámica particular, que parece encerrar y condicionar las prácticas desde el momento en que, para Bourdieu, el habitus se compone de sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, “estructuras estructuradas” y “estructurantes” de ciertos esquemas de percepción, que darán lugar a prácticas orientadas hacia un fin que lo es para los agentes sólo de manera inconsciente. De esta manera, los estímulos se hacen presentes a los sujetos, o, mejor dicho, son reconocidos por los sujetos que están condicionados para leerlos (identificarlos como tales).
La efectividad del habitus para condicionar a los agentes de una clase dada es tal que si puede verse una identidad entre las probabilidades de acceso a un determinado bien y las esperanzas propias del sujeto para obtenerlo (probabilidades objetivas y esperanzas subjetivas), es porque se haya inscripto en el individuo la idea de un cierto destino inevitable que regula toda su relación con lo posible. Por ello, lo que se aleja de este camino tendido por la objetivación de sus condiciones de existencia adquiere el aire de inalcanzable, se encuentra fuera de la imaginación prefigurada por el habitus.
Bourdieu reconoce la existencia de una cierta libertad que excede sólo parcialmente las condiciones del habitus. Como principio generador y esquema de percepción, el habitus tiende unas fronteras dentro de las cuales se desarrolla todo pensamiento “libremente”, aunque esta libertad está restringida por las propias condiciones de producción histórico-social. El habitus determina qué deberá considerarse “sentido común” y qué es “razonable”, y en este mismo movimiento inaugura también lo opuesto, en un proceso carente de violencia que no reviste la esencia de una exclusión o censura, sino, más bien, de una anticipación que niega.
Antes de encarnarse en el individuo, el habitus es habitus de clase, un sistema colectivo de esquemas de percepción (y “apercepción”), susceptible de ser reapropiado con un estilo particular en el individuo, aunque esta distinción represente sólo una leve desviación de la norma respecto del estilo de una época o una clase.
Al condicionar ciertos esquemas de percepción, al tender a ciertas prácticas y al evitar otras, el habitus entra en un círculo vicioso de que lo lleva a defenderse del cambio, pero también a afianzar sus propias condiciones de existencia.
De esta manera, Bourdieu planta una crítica severa a la idea de la práctica en tanto se la entienda como una determinación del libre pensar, porque ¿cuánto hay de verdadero pensamiento si lo que se ve es lo que se aprendió a ver, y no se verá nada más que aquello a lo que estructuras predefinidas por las condiciones sociales y la presión de las estructuras objetivas han condicionado al sujeto?
domingo, 22 de junio de 2008
Tradiciones incuestionables
1. ¿Cuál es la relación entre el pensamiento que se realiza en la palabra y en la práctica del diseño? Incluir en este desarrollo la problemática de la percepción, la diferencia entre las concepciones sobre el lenguaje visual y verbal, y lo que corresponde a la relación entre pensamiento y práctica (utilizando los planteos de Merleau-Ponty y Pierre Bourdieu).
2. ¿Cómo es posible un mundo común de sentido en la receptción de las prácticas de diseño? Organice su respuesta teniendo en cuenta las teorías de la percepción, las concepciones en torno al imaginario, las que se refieren a las diferencias entre los lenguajes visual y verbal, y las que hay en la Unidad 5 en torno a la problemática de la práctica.
(Vale la pena aclarar que se han de elegir una de estas dos preguntas, y que el mínimo de carillas para este trabajo es de cinco, so pena de que, entregada una menor cantidad de ellas, nadie se molestará siquiera en leerla).
Fecha de entrega: 1-7-2008.
jueves, 12 de junio de 2008
En vivo y en directo
miércoles, 11 de junio de 2008
Avances
jueves, 29 de mayo de 2008
Ahora
miércoles, 21 de mayo de 2008
De los correos electrónicos sin sentido
LA CARTERA HERMES DE CRISTINA, CUESTA LO MISMO QUE 42.800 LITROS DE LECHE, O 130 NOVILLOS?
Claro está que yo no soy de mandar cadenas, ni soy K. De hecho, bastante lejos de eso. Muy lejos.
Pero ver estas cosas me molestan muchísimo. Porque es opinología, y ya dijimos que la opinología acá no está bien vista.
Analizar cada uno de estos enunciados llevaría un buen trabajo, y no tengo mucho tiempo. Sería una buena tarea, porque analizar una de estas frases (o una serie de frases, o, mejor dicho, todo el razonamiento que representan) es como analizar mil: hace de molde.
Así que, siendo que estoy demasiado cerca de dar exámenes y hacer trabajos prácticos y demás cosas que no hacen más que ocuparme mucho tiempo, anoto algunas cuestiones notables acerca del desvarío precedente. Cualquiera que lo quiera seguir, que lo haga.
- la primera frase dice que una cartera Hermès cuesta un equivalente de 42.800 litros de leche, o 130 novillos. La cartera más cara que ofrece Hermès en su sitio de Internet cuesta 2.000 dólares, y eso ciertamente no equivale a los valores citados más arriba. También puede ser que se haya comprado una cartera más cara, pero los valores son irrisorios y, casi ciertamente, falsos. Además, ¿cuánto cuestan 42.800 litros de leche o 130 novillos? No se pueden comparar peras y manzanas.
- Si el Mini Cooper fue regalado hace un par de días atrás, este correo tiene más de un mes de escrito, o no fue regalado hace un par de días atrás. Otro deíctico notable es el "nosotros" del sujeto de la enunciación. Si hablamos de "nosotros", hablamos de la gente del campo.
- La Constitución Nacional nada dice de las retenciones, ni de los impuestos ni de un 33%: "La propiedad es inviolable, y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella, sino en virtud de sentencia fundada en ley. La expropiación por causa de utilidad pública, debe ser calificada por ley y previamente indemnizada. Sólo el Congreso impone las contribuciones que se expresan en el artículo 4º. Ningún servicio personal es exigible, sino en virtud de ley o de sentencia fundada en ley. Todo autor o inventor es propietario exclusivo de su obra, invento o descubrimiento, por el término que le acuerde la ley. La confiscación de bienes queda borrada para siempre del Código Penal argentino. Ningún cuerpo armado puede hacer requisiciones, ni exigir auxilios de ninguna especie". Si ello está especificado, se encuentra en otra parte, no en la Constitución, y su sola mención, equivocada por demás, no es sino un patético intento de darle importancia (o "pedigrí") a un razonamiento obtuso.
- Las riquezas de Hugo Moyano no significan nada más que, en todo caso, los negocios turbios del Gobierno de turno (y eso en caso de que hubiera pruebas que hablaran por sí solas). Es un débil razonamiento que funciona sólo como falacia de agresión que nada tiene que ver con el campo, la política agraria o cualquier otra cosa que está en cuestión, representado por eso que el conjunto de los enunciados está poniendo de manifiesto.
- Lo que se diga o no en los discursos no tiene nada que ver con el resto de las cuestiones de las que se habla.
- Un razonamiento tácito encerrado en un enunciado que termina con "Etc." no da pruebas de ser ni funcional, ni muy cierto, ni muy seguro para el propio sujeto de la enunciación, que en este caso parece coincidir con el autor real, y no sabe mucho de lo que habla, o, lo que es más cierto, no le interesa ser preciso en lo que dice.
- Por más cuestionable que sea, el que haya pasado cuatro semanas en el Calafate nada tiene que ver con la política agraria, ni las retenciones ni las demás cuestiones puestas de manifiesto por este estúpido correo, que a fuerza de críticas que inciten la violencia y la envidia primitiva de la clase media/burguesía o capitalistas, pretende validarse y confirmarse como cierto y seguro.
- El que el patrimonio aumente no quiere decir que unos no sean oligarcas. Oligarcas es "oligarquía.
(Del gr. ὀλιγαρχία).
1. f. Gobierno de pocos.
2. f. Forma de gobierno en la cual el poder supremo es ejercido por un reducido grupo de personas que pertenecen a una misma clase social.
3. f. Conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio." Por tanto, oligarquía se aplica al caso, y casi diríamos que a cualquier potencia occidental, y sobre todo a cualquier país periférico. - "Sepan en la mentira en que vivimos". ¿Sepan quiénes? Ustedes. Ustedes no somos nosotros. Nosotros tenemos la verdad. Ustedes viven en la ignorancia. Nosotros no somos como ustedes. Distinto sería el caso si alguien dijera "sepamos", porque ahí hablamos de un nosotros absolutamente inclusivo (además de referir una idea de "despertar", como de un adormecimiento en la pura ignorancia). Este es un nosotros exclusivo, que divide un nosotros de un ustedes. El nosotros informa al ustedes, que debe saber la "mentira en que vivimos". Entonces, o bien el nosotros tiene la verdad, muy nítida, que no ha salido a flote por arte de magia, o el nosotros esconde objetivos ulteriores en persuadir con bestialidades al resto de la gente, al ustedes.
sábado, 10 de mayo de 2008
Opinología
Y no es que el examen etimológico esté mal, sólo que su explicación metatextual no alcanza para explicar demasiado sobre el uso del término y su validez, o su aplicabilidad social. Incluso creo que su definición puede tomarse como la justa interpretación de una legitimada disciplina que no sirve para nada, y es absoluta y completamente deleznable.
Yo quisiera que alguien me explique de qué sirve tener gente que profese la opinología, cuando la opinología debería ser algo más bien privado, porque, para ser sinceros, ¿a quién le importa la opinión de alguien que habla en un medio masivo de comunicación? Y diferenciemos, por favor, opinología de opinión. No es muy difícil interpretar el sentido del primero como una especie de compulsión a la expresión de una o varias opiniones, y el segundo como una opinión concreta.
Se me hace que los medios masivos de comunicación no son el lugar de la opinología bajo ninguna de sus formas, y de la opinión sólo con sumo cuidado, y siempre que pertenezcan a doctos, intelectuales o gente que, de una u otra manera, esté bastante entendida en aquello de lo que habla. No hablamos acá del "síndrome del notero", que permite el que las opiniones de doña Anacleta, pateando las puertas de la quinta de Olivos, lleguen al otro lado de una pantalla de fósforo incandescente.
Creo que la gente confunde mucho saber de algo con opinar de algo. Un telemarketer o una recepcionista miran la torre inclinada de Pisa y dicen "Se cae". Un ingeniero dice que no se cae. Está claro que la opinión del telemarketer o la de la recepcionista (que probablemente sean la misma) no tiene mucho valor.
Ahora bien, tampoco importa cuando hablan de economía. O de cómo se origina la violencia. O de la educación. Y un largo etcétera. ¿Por qué será que muchos (probablemente una gran mayoría) no se sienten inclinados a opinar de ingeniería, o matemática, o química, pero sí del resto de cosas que, por estarles más cercanas, sienten menos indescifrables?
Cada quien puede opinar lo que quiera. Cierto. Pero a no confundir la opinión con su validez, no, mejor dicho, su peso. Por eso dicen ciencias duras y ciencias blandas. Contra las duras rebotan todos. Contra las blandas no tanto. Pero en realidad sí, aunque en realidad no.
Y gran parte de la culpa quizá la tengan, crease o no, los programas de fútbol. No los deportivos, más allá de que los periodistas deportivos se hagan llamar así aunque no sepan más que de fútbol; lo limitado de sus conocimientos, y la estrechez real de su título no han de manchar el título de los programas televisivos.
Todos saben lo que le falta a un equipo. Todos saben lo que le falta a la Selección. Todos saben todo. Es que simplemente nadie los escucha, que las cosas así irían bien. Todos ganarían, por ejemplo. Hasta los hinchas saben más que los técnicos, los jugadores y hasta los entrenadores. Es el culto de la opinología.
Entonces el hincha apaga la tele, o cambia de canal, y como opina de fútbol sin saber, lo mismo hace con la economía. Y un notero le hace tragar el micrófono, y dice algo, y alguien escucha, y alguien opina, y alguien saca una cacerola por la ventana y empieza a golpear taca taca taca.
¿Y?
martes, 22 de abril de 2008
Mollejas marinadas
Pronto, alguien de la escuela salió a dar un comunicado bastante improvisado. Todavía no encuentro la frase textual citada por un medio de prensa, pero juro que dijo en televisión lo siguiente: "[el nene con meningitis] Está con muerte cerebral, pero todavía con vida". O algo así. No sé si es textual, pero el sentido de la frase es este. (Nótese que no está sacada de contexto porque tiene un sentido que no depende de palabras esclarecedoras.)
Y yo pienso "error". No está con vida. Está bien muerto. Un corazón haciendo bum-bum no es vida, ciertamente. Pero lo más divertido no es esta declaración cuasi optimista, semi ignorante, sino más bien el tono general del discurso tejido por las autoridades de la escuela primaria privada, que por su propia condición tiene motivos para asustarse y temer.
Era algo así como "papis y mamis, no se preocupen por los nenes, esto es un caso aislado, se están haciendo todas las investigaciones necesarias pero, por ahora, lo mejor que podemos hacer es ir pensando en el momento en que todos juntos, incluso los nenes, vayamos al entierro de Toby [el nenito de las mollejas sabrosas], un momento feliz y tranquilo al que podremos aspirar".
Las mollejas marinadas en formaldehído de Toby, las únicas (por suerte y gracias a dios) de toda la escuela.
El vaso, siempre, medio lleno.
domingo, 20 de abril de 2008
Idiotas ad infinitum
Hace un par de días, ya no recuerdo exactamente cómo, di con una nota genial navegando por Internet. La publicó la agencia de noticias Nova en su portada del jueves pasado. Como no tiene firma, supongo que se trata de una colaboración editorial de la misma agencia, que se autorefiere como fuente de la información que reproduce.
El artículo es una de las mejores cosas que leí en un medio de "prensa". Desde la volanta hace sentir su cuasi genialidad: "Canal 13 patético". La nota puede encontrarse acá.
A riesgo de convertirme en algo que deploro y sacar frases de contexto, voy a resumir la nota en un par de párrafos que sintetizan el espíritu clarificador del artículo:
Terminé reproduciendo casi toda la nota, pero no importa. Su versión original depara todavía muchas más declaraciones de este tipo, incluso más interesantes.
Mirar la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el ojo propio. Eso es lo que hace Canal 13 cuando en sus distintos programas, para defender a la TV prostibularia y cuasi proxeneta que incentiva Marcelo Tinelli en Showmatch, ataca a Mario Pergolini por discriminación a los discapacitados.
La polémica tiene que ver con la participación del ciego español Serafín Zubiri, finalista de “Mirá quién baila” en su país, en el ciclo 2008 de “Bailando por un sueño” (...)
Mario Pergolini, en la FM Rock & Pop, se refirió a la misma con un irónico “ayer hice un poco de zapping a la noche, obligado, decían que había un ciego que no se iba a notar que era ciego y… ¡Era re ciego! jajaja… lo está haciendo re mal, lo están votando por lástima. Bailaba re mal boludo; es buenísimo que hayan puesto a un ciego para que nos riamos”.
Los que conocemos a Pergolini sabíamos que se refería a lograr rating con participaciones lastimosas, a cualquier precio.
Canal 13 no ve jamás la viga que hay en su propio ojo. Porque en todo el año 2007 exhibió una televisión de los escándalos y la prostitución al nivel de un cuasi proxenetismo (...)
Sí hablaron y escribieron (y mucho) los especialistas en espectáculos del escándalo de aquel baile del caño con presencia de 100 chicos de entre 3 y 10 años en los estudios en una semana en la que, se sabía, iba a deparar escenas calientes prometidas a boca de jarro por el conductor Marcelo Tinelli (...)
Ni el Comfer, el INADI o Canal 13 hicieron algo para que los derechos de los pibes no fueran vulnerados en Showmatch porque en el ciclo “Patinando por un sueño” siguieron exhibiendo shows inapropiados (strip dance, por ejemplo) con un centenar de chicos en el piso de Ideas del Sur ¿Esa actitud no significa abuso de menores o pasar por encima de los derechos del niño?
¿El laboratorio de los medios se ocupará de programas como AM en los que Verónica Lozano y Leo Montero tuvieron conceptos discriminatorios para con el futbolista de Boca, Neri Cardozo, por su tez (morocho) y sus problemas en la dicción? Y ¿Qué decir de los gemidos de los cuasi inimputables conductores simulando el acto sexual y orgasmos a las 11 de la mañana, pleno horario familiar?
En la TV argentina todos cuidan su quintita. Pero nadie puede tirar la primera piedra. Todo porque hubo en los últimos cuatro años, en el Comfer, un inoperante y cuasi cómplice de las productoras Julio Bárbaro que con el verso del diálogo, junto a Claudio De Cousandier –responsable de evaluar contenidos- rifó al peor postor el Horario de Protección al Menor. (...)
Lo cierto es que Pergolini tiene razón. Lo que dijo era una clara ironía. La nota hace un metadiscurso de eso cuando explica el sentido de la ironía, y las ironías, bien se sabe, es decir una cosa diciendo exactamente lo contrario. Uno puede justificar esto de muchas maneras, diciendo, por ejemplo, que nadie en su sano juicio diría, en el tono que Pergolini usó, lo que dijo en su programa de radio, en un sentido literal, frente a una audiencia masiva como la que sabe que tiene. Que lo diga fulano en FM Bernal Oeste es, claramente, otra cosa.
Pergolini lo confima en declaraciones que La Nación reproduce en una nota en su portal de Internet:
"¿A mí me van a acusar de discriminar por usar la palabra mogólico sólo porque quise decir esto desde un lugar muy fuerte? Me parece una barbaridad que el noticiero de Canal 13 presente un informe diciendo que estoy discriminando, cuando en realidad estoy diciendo todo lo contrario"Por favor, que levante la mano el que no entendió la ironía.
Incoherente Lubertino, titular del INADI, le dijo al mismísimo Pergolini en una entrevista concedida al conductor durante su ciclo en FM Rock & Pop:
"Tuvimos denuncias y llamados, y vamos a hacer el procedimiento habitual en estos casos. El Observatorio de los Medios que integramos junto al Comfer y el Consejo de la Mujer va a convocar a las personas. Yo entiendo que la libertad de expresión en los medios es fundamental y hay estilos que tienen que ver con la ironía, aunque no todos tenemos la misma línea interpretativa. Vas a ser citado. Todas las aclaraciones que hiciste son más que suficientes, pero hay que regular"Doña Lubertino hace exactamente la misma operación que la Agencia Nova: despoja la ironía de su sentido literal y la devuelve donde corresponde cuando dice "... hay estilos que tienen que ver con la ironía, aunque no todos tenemos la misma línea interpretativa". Entonces, ¿qué carajos importa la línea interpretativa cuando, de hecho, la titular del INADI reconoce que esas declaraciones no tienen el sentido que aparentemente tienen? Y, más importante todavía, ¿es así como piensan hacer funcionar este anquilosado aparato que es el Observatorio de Medios?
Esto es una buena prueba de que este país se está yendo culturalmente al carajo. Si es que algún descerebrado, un telemarketer o una recepcionista, por ejemplo, quienes se han convertido en mis metáforas preferidas para referirme a una masa indiferenciada de gente sin cerebro, no logra leer una ironía donde claramente la hay, entonces es hora de sacar la basura de la televisión y empezar a educar a la gente.
Esta incapacidad de leer el significado de la ironía no es más que una prueba de la incapacidad de simbolizar. Un chico no entiende una ironía. ¿Eso es lo que son todos ahora? ¿Adultos chicos? ¿Niños por toda la eternidad?
Alguien debería tener un poco de criterio.
La libertad de expresión en los medios masivos es incuestionable. Está no sólo protegida por la Constitución, sino por otros tratados internacionales a los que ella adhiere, como el Pacto de San José de Costa Rica, que tiene una definición muy clara y explícita sobre la libertad de expresión que, con un poco de suerte, gente como Lubertino podría entender:
" 1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideraciones de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección.Desde luego que el sentido literal de los dichos de Pergolini entran en la categoría prevista por el artículo 13 citado más arriba. Pero ¿qué hay del sentido connotado, de la ironía, que la propia Lubertino reconoce? En manos de gente sin criterio, la ironía no existe. Y eso es patético.
2. El ejercicio del derecho previsto en el inciso precedente no puede estar sujeto a previa censura, sino a responsabilidades ulteriores, las que deben estar expresamente fijadas por la ley y ser necesarias para asegurar:
a) El respeto a los derechos o la reputación de los demás, o
b) La protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas."
(El texto completo, transcrito acá)
¿Qué significa "líneas interpretativas"? Entiendo que las que dan el sentido final como literal a la ironía. Entonces, el pensamiento estúpido de Lubertino, y el de los otros, si los tienen, que pudieran pensar como ella, parece ganar terreno en esta batalla inútil sobre la interpretación que deben darse a esas palabras.
¿Y cómo saber si la ironía es o no es ironía? Ah, esa es la pregunta del millón, queridos telemarketers y recepcionistas. Y Lubertino, et al. Bueno, muy fácil. El sentido real de la frase estará de acuerdo con el buen sentido social, con el sentido común, con la moral y las buenas costumbres, con lo políticamente correcto. Con "eso" que determina siempre el sentido que deben tener las significaciones. Por eso decimos que es un estúpido el que dé a esas declaraciones un sentido literal. Porque la moral y lo políticamente correcto restringen que alguien diga, abiertamente, "es buenísimo que hayan traído un ciego para que nos ríamos". Justamente, porque nadie lo diría, es irónico. Por eso se quiere decir lo contrario de lo que se expresa. Porque lo que se expresa no lo diría nadie en su sano juicio, sobre todo considerando las particulares condiciones de la enunciación en un medio masivo, ante una considerable audiencia.
Ahora, lo interesante de esto, sabiendo lo que sabemos, que era una ironía y que todo procedimiento legal que se levante sobre ella es inútil, y estúpido, y que estúpidos son también quienes no pueden leer el sentido de la ironía, es lo que logra revelar sobre esta sociedad y esta cultura.
Si es necesario hacer de esto un debate, si nadie vacila al tildar de serio lo que dijo Pergolini, entonces estamos realmente ante una clara y contundente evidencia de lo pobre que se ha vuelto esta cultura. Una cultura de imbéciles que no saben distinguir el sentido de una frase, ni son capaces de criticar ellos mismos lo que está pasando.
La gente con ánimo de crítica, o que quisiera tener ánimo de crítica, esos telemarketers y recepcionistas que leen "El Código Da Vinci" mientras asientan su gelatinosa ameba de ignorancia en el colectivo, el tren o el subte, no se cuestionan estas cosas. Digieren la crítica eficiente y a veces acertada que hacen en "Televisión Registrada". Ellos son los portadores de la "verdad". Ellos tienen "la posta". Y se maravillan ante su intelecto.
Lo más gracioso de todo, es que ahora, este debate, en este marco, lo que dice la Lubertino ¡es cierto! Estando en una cultura de imbéciles que no entienden nada de nada, es muy importante hacer lugar a sus quejas e iniciar una acción legal como corresponde, porque Mario Pergolini dijo "que pongan mogólicos a bailar de una vez por todas que es lo que quieren hacer". Y dijo eso, y nada más, según ellos. Y para ellos, eso que dijo es eso, y nada más. Entonces, sí, es discriminación. No es ironía, pero sólo a causa de sus propias limitaciones intelectuales.
Pero todavía se puede llevar esta cuestión mucho más lejos.
En las entrañas de la bestia televisiva se esconde algo llamado Ley de Radiodifusión.
La ley 22.285 es la que regula cuestiones referidas a dos medios masivos de comunicación, la televisión y la radio. Por ende, radiodifusión (para el que no lo entienda).
Existe un gran debate acerca de esta ley, promulgada durante la dictadura militar. Nadie se hace cargo de modificarla porque, como todos sabemos, el Gobierno está más entretenido en otras cuestiones. Yo pensaba el otro día que alguien que se convierte en Presidente de la Nación, así, con mayúsculas, tendría al menos cierta ambición de persistir en la historia, de que su nombre quede marcado a fuego en los anales de la memoria, durante años y años por venir. Pero cada vez más parece que esta ambición no existiera ya en los corazones y los ánimos de nadie, y que todos los problemas, todas las reformas, todo lo que haría de su mandato un hito en el mundo, es lo circunstancial, lo coyuntural, lo fugaz, lo de ahora, y nada más. El futuro no existe. O tal vez sea algo diferente lo que perpetúe sus nombres en el tiempo, cosas que, en definitiva, serán más transitorias y elementales, menos significativas de aquellas que sí hacen que el eco de un nombre resuene elegantemente hacia el olvido lejano.
En fin.
Lo cierto es esto: nadie modifica la ley, pero nadie la cumple. O parece que no se cumple, y si se cumple, se está infringiendo constantemente. Y yo no puedo creer que, simplemente, se estén efectuando multas a nombre de aquellos responsables de no sujetarse a las normas vigentes, lo que sucedería, al parecer, todos los días.
El artículo 5 de la ley dice, acerca de los fines de los medios de radiodifusión:
Los servicios de radiodifusión deben colaborar con el enriquecimiento cultural de la población, según lo exigen los objetivos asignados por esta ley al contenido de las emisiones de radiodifusión, las que deberán propender a la elevación de la moral de la población, como así también al respeto de la libertad, la solidaridad social, la dignidad de las personas, los derechos humanos, el respeto por las instituciones de la República, el afianzamiento de la democracia y la preservación de la moral cristiana.Estoy de acuerdo con que no se cumplan aquellos de la preservación de la moral cristiana, porque ignora ciertos otros preceptos de otras morales que no son las cristianas, y porque Dios no existe. Pero eso es otra cosa, y para muchos, motivo de debate.
Especificando un poco más lo anterior, la ley dice:
CAPITULO II - DEL CONTENIDO DE LAS EMISIONESY, a lo mejor pocos lo saben, pero:
Artículo 14 Objetivos:
ARTICULO 14. - El contenido de las emisiones de radiodifusión propenderá al cumplimiento de los siguientes objetivos:
a) Contribuir al bien común, ya sea con relación a la vida y al progreso de las personas o con referencia al mejor desenvolvimiento de la comunidad;
b) Contribuir al afianzamiento de la unidad nacional y al fortalecimiento de la fe y la esperanza en los destinos de la Nación Argentina;
c) Servir al enriquecimiento de la cultura y contribuir a la educación de la población;
d) Contribuir al ejercicio del derecho natural del hombre a comunicarse, con sujeción a las normas de convivencia democrática;
e) Promover la participación responsable de todos los habitantes y particularmente del hombre argentino, en el logro de los objetivos nacionales;
f) Contribuir al desarrollo de los sentimientos de amistad y cooperación internacionales.
ARTICULO 16. - Las emisiones de radiodifusión no deben perturbar en modo alguno la intimidad de las personas. Quedan prohibidas las emisiones cuyo contenido atente contra la salud o estabilidad psíquica de los destinatarios de los mensajes.Si gente estúpida quiere llevar este debate adelante, bien por ellos. A los estúpidos hay que hacerles creer que son lo que no son. Coherentes. Perspicaces. Inteligentes.
Ya que estamos desmitificando declaraciones como esta, bien podríamos también achacar a la publicidad que, de por sí, es engañosa. No voy a hacer (ni pretendo) un discurso contra la publicidad. Allá vayan los telemarketers y recepcionistas que caigan bajo su encanto. Porque ellos son los mismos que no entienden las ironías, el sarcasmo, el intelecto indescifrable.
Ya que hay que evitarle a la gente esta cosa de pensar críticamente, esto de usar el cerebro y aprender a descifrar una ironía, ataquemos la publicidad. La Ley de Lealtad Comercial (22.802) dice cosas como esta:
ARTICULO 5º — Queda prohibido consignar en la presentación, folletos, envases, etiquetas y envoltorios, palabras, frases, descripciones, marcas o cualquier otro signo que pueda inducir a error, engaño o confusión, respecto de la naturaleza, origen, calidad, pureza, mezcla o cantidad de los frutos o productos, de sus propiedades, características, usos, condiciones de comercialización o técnicas de producción.Por favor, alguien que piense.
CAPITULO III
De la publicidad y promoción mediante premios
ARTICULO 9º — Queda prohibida la realización de cualquier clase de presentación, de publicidad o propaganda que mediante inexactitudes u ocultamientos pueda inducir a error, engaño o confusión respecto de las características o propiedades, naturaleza, origen, calidad, pureza, mezcla, cantidad, uso, precio, condiciones de comercialización o técnicas de producción de bienes muebles, inmuebles o servicios.
Alguien.
viernes, 18 de abril de 2008
La mesa de saldos
Caminar la calle Corrientes, entre Callao y la 9 de Julio, y encontrar que muy a pesar de todo existen librerías en un país con esta cultura de mierda, depara un gusto casi insospechado. Verdaderamente insospechable.
Reconozco que fui bastante perezoso con la lectura. Mea culpa. Leí muchas cosas, aunque no todas las que debería haber leído, supongo, a juzgar por el placer de la lectura. Eso es algo que intento corregir.
A la luz de eso, recorrer las librerías de la calle Corrientes y encontrar clásicos y no tanto, baratos, debería convertirse en algo maravilloso, siempre que uno pueda encontrar el tiempo para entregarse de lleno a los libros.
Creo que en esas librerías uno puede encontrar de todo, aunque lo mejor es dedicarse a la lectura de textos en castellano, siempre, o casi siempre, salvo que uno tenga la suerte de encontrar buenas traducciones. Porque están los otros libros. Los que también son baratos, los impresos en offset, las traducciones de obras extranjeras, que siempre levantan sospecha de traición, como diría el refrán. Yo, simplemente, no confío.
Por un momento me puse contento. Había conseguido el "Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres" de Rousseau en una edición de tapa dura de El Ateneo, impresa en España, junto con "El contrato social" y el "Discurso sobre las ciencias y las artes" de yapa. Todo por doce pesos.
Cuando salí de la librería, y las luces de la calle Corrientes empezaban a encenderse por todas partes, el humo me sacó lo contento.
miércoles, 9 de abril de 2008
La improbable tarea de conseguir entradas para el BAFICI
Con estas cosas siempre es lo mismo. Uno quiere ir, por primera vez, y resulta que es el año más exitoso del festival. ¿Alguien quiere entradas?
Lo bueno: por ser niño estudioso me salen cuatro pesos.
Lo malo: seguro que para lo que yo quiero ver, no voy a conseguir nada.
martes, 8 de abril de 2008
Terapia barata
Existe un método simple y bastante económico para descubrir si uno se siente mal o molesto por algo que no sabría decir qué es. Es un método que está más cerca de la autoayuda que de una ciencia más o menos exacta como el psicoanálisis, y puede ser que a veces no funcione, o que no funcione lo bien que debería, o que traiga más problemas de los que podría llegar a resolver si funcionara. Pero nada de eso es motivo para no probarlo.
Elementos necesarios:
- Un amigo o amiga con un ligero problema emocional. Ayudaría mucho que la persona no sea demasiado extrovertida, o a lo mejor no sea demasiado amigo o amiga.
- Tener una sensación de disconformidad que uno no sabría decir exactamente a qué se debe.
Pasos a seguir:
- Contactar al amigo/amiga/persona conocida.
- Verificar que tiene un problema.
- Preguntarle qué le pasa. Y esto es lo importante:
- Si no dice nada, esquiva la cuestión, o dice que está todo bien cuando uno sabe muy bien que no, intentar adivinar el motivo.
- Lo más probable es que la sugerencia propia, aquello que se intenta adivinar, sea el problema, o el origen del problema, o las razones del malestar propio, o tenga alguna relación con eso.
Puede que la sugerencia no sea precisa la primera vez. No importa. Hay que seguir preguntando, pero siempre teniendo presente el problema propio, o el análisis del problema propio como objetivo. (De ahí se sigue que a veces esta técnica pueda traer más problemas de los que soluciona, y por eso es importante considerar personas no tan cercanas a uno para ensayar el método.)
Lo bueno es que esto funciona en sentido inverso, y llegado el caso que el uso de esta técnica traiga problemas, sería posible revertir el daño social que pudiera haber causado.
Elementos necesarios:
- Un amigo/amiga/persona conocida con un serio problema emocional que lo perturba/molesta/intriga, pero no sabría decir exactamente qué es.
- Tener un ligero conflicto interno/malestar emocional que suscite en el amigo/amiga/persona conocida no tanto una vacía palabra de consuelo, como una pregunta o sugerencia que pretenda indagar sobre las causas del malestar propio.
Pasos a seguir:
- Contactar al amigo/amiga/persona conocida.
- Verificar que el otro/otra tiene un serio problema emocional.
- Lucir disgustado/molesto/alterado/triste, o presa de cualquier otro estado emocional que, sabiendo uno, haría que el otro sintiera deseos de indagar acerca de ello.
- Escuchar sus sugerencias.
- Identificar en esa sugerencia la causa más probable de su problema.
Los pasos son exactamente los mismos de antes, sólo que al revés. Y si bien es posible que esta técnica tenga éxito y uno pueda ayudar a la otra persona, también es cierto que lo que uno pueda decir agrave el problema o no solucione nada. También puede pasar que uno dé en el blanco y adivine lo que está mal, pero el otro no lo reconozca abiertamente, ni de ninguna otra manera.
No importa qué perfil de esta técnica uno decidiera utilizar, siempre es necesario estar muy atento a las sensaciones propias y ajenas.
domingo, 6 de abril de 2008
Sol naranja, auf wiedersen
Eventualmente, llego a un blog autoproclamado por uno de sus miembros como "Blog de comunicación y sarcasmo", donde puede haber, sí, algo de comunicación, pero muy poco de sarcasmo, salvo que (no creo que es el caso) el sarcasmo esté en decir que tiene sarcasmo cuando realmente no lo tiene. Lo cierto es que ellos hicieron un horripilante corto llamado "Latido final". Me pareció una porquería, como muchos otros cortos que he visto (aunque no todos, porque los hubo buenos y mejores), y eso puede deberse a una cierta soberbia, y hay días en que pienso que es así, aunque también pienso que no, y que son realmente una porquería. Pero eso no importa.
Mientras miraba "Latido final" me acordaba del cuento de Poe del corazón delator. Después vi que le reconocieron debidamente la idea original. "Latido final" es malo, muy malo. Y sus miembros se sienten orgulloso de él. Pero eso no importa.
Leí los comentarios que habían recibido. Uno de los cuatro comentarios había sido escrito por "magdalena", quien elogiaba el corto "Latido final", instaba a que sus realizadores continuaran creando "sentido", una palabra muy común en el léxico de los estudiantes de comunicación, los que tienen sarcasmo, y los que no, y, como quien no quiere la cosa pero en el fondo sí la quiere, promocionaba su propio corto, "Sol naranja". Eso es lo importante.
Porque "Sol naranja" resultó ser una especie de mojón para lo que no hay que hacer, pero de una forma muy diferente a la que yo advertía en agosto del año pasado cuando hablaba de "Canción de cuna". No. "Sol naranja" era algo así como "esto no está nada bien".
Cuando estudiaba taller audiovisual el año pasado, el profesor lo mostró en una tanda de cortos de estudiantes anteriores. Fue un gran motivo de debate, porque a él le parecía que mandaba un mal mensaje, y algunos pensaban que estaba bueno (mensaje es una palabra que los estudiantes de comunicación también tenemos muy presente).
Yo no vi "Sol naranja". Ese día había faltado. Varios compañeros de grupo también habían faltado. Algunos no, y dijeron que el corto estaba bueno, pero yo creo que lo dijeron en un sentido más bien superficial. Lo cierto es que técnicamente estaba realizado bastante bien. Eso parecía ser un consenso. El debate quedó ahí, y nadie más habló de "Sol naranja". Nosotros hicimos el videominuto y después "Pigmalión", y eso fue todo.
Ahora, varios meses después, en una trasnoche de insomnio, por fin veo "Sol naranja".
Escrito y dirigido por Magdalena Pardo, quien sigue muy orgullosa de su obra, "Sol naranja" es una historia cuya sinopsis resume de la siguiente manera:
"En un pueblo hundido en la sequía, el último resto de agua es el contenido en la pecera de Alicia, una mujer que vive para y por su pececito. Alicia oculta la pecera, para proteger a su pez; pero un día es descubierta por un vecinito. Se corre la voz, y los vecinos intentan irrumpir en su casa para arrebatarle el agua. Alicia se atrinchera. Dejará hasta lo último con tal de cumplir con su objetivo: no separarse nunca de su pez."El famoso pececito de "Sol naranja". Alguien hablaba de un pez. "Sol naranja" era el "corto del pececito".
A medida que pasaban los angustiosos siete minutos del corto, me iba dando cuenta de dónde estaba el mal mensaje. Yo siempre digo algo para oponerme a la tesis de nuestro profesor que, aunque muy respetable, me parece digna de corrientes que ignoran cierto aspecto crítico, considerando uno de los extremos de la comunicación (viejo e incorrecto esquema emisor - receptor) como absolutamente pasivo.
La tesis, aplicada a las obras audiovisuales, podría extenderse también a otros soportes y medios, y, en esencia, postula la existencia de "malos mensajes", donde un "mal mensaje" se lee en alguien que hace algo moral o éticamente objetable, donde esa actitud se reconoce como algo "malo", absolutamente reprensible. El mensaje puede resumirse en frases del estilo "se recompensa la maldad", o "esto me dice que está bien tomar la justicia en mis manos" cuando uno se refiere a la obra audiovisual, literaria, teatral o lo que fuere. Las viejas películas de Charles Bronson, en las que hace a un justiciero violento, por ejemplo, o, para tal caso, cualquier película que hable de eso. Desde luego, la tesis no se aplica a rajatabla de esa forma. Tomo el caso de "Dexter", la serie que hace poco estrenó FOX, promocionándola en este mercado porteño/argentino de mierda como una serie sobre un "justiciero serial" (donde justiciero es "tomar justicia por mano propia" y serial tiene la connotación exclusiva de "asesino", porque "serial" suele venir acompañada de la palabra "asesino", y cuando uno escucha "serial" inmediatamente escucha "asesino", así que "justiciero serial" transmite perfectamente la idea de la serie, en la que Dexter es un asesino serial que hace justicia por mano propia). La serie es tanto de lo que Dexter hace como de sus propios conflictos internos acerca del asunto. Existe una crítica sobre eso. Y la serie es más profunda que "justiciero serial", y merece una crítica en todo caso más extensa de la que yo quisiera y/o pudiera dar.
Lo cierto es que yo no creo que existan "malos mensajes". A veces los actos de violencia que serían absolutamente reprensibles y considerados molestos, tienen una importancia a nivel de la historia, del argumento, de la trama. No se mata un personaje a la ligera. Cada "mensaje" debe ir acompañado de un análisis contextual bastante grande. No es tan simple como realizar una lectura superficial y decir "uy, mirá cómo matan gente acá". No. Está el nivel socio histórico, cultural, dramático, narrativo, etcétera, etcétera.
En "Sol naranja" se da una situación que pone a prueba esta tesis: cuando la dueña del pececito se encierra en su casa y los vecinos reparten herramientas como armas y le pegan a la puerta porque su pecera tiene agua y la sequía los está matando. El mensaje sería algo así como "al carajo con la solidaridad, la vida en sociedad, si alguien tiene algo que querés (o te gusta), conseguilo. Como sea". El análisis se puede hacer desde varias perspectivas.
Se puede hacer desde un nivel superficial, casi literal, donde las imágenes denotan ese mensaje negativo. Se puede pensar que los vecinos están locos, arrebatados por el delirio de la deshidratación crónica, en cuyo caso el mensaje no tendría ciertamente el mismo sentido, sino otro. Se puede pensar que el mensaje es fruto de una imaginación estéril que no sabe dotar de profundidad a ese conflicto, y lo resuelve de una manera patética, buscando generar tensión y miedo y otras sensaciones supuestamente "copadas" que el cine es capaz de expresar, en un prolijo paquetito con colorido papel de regalo y un moñito rojo que es esa escena ridícula en que los vecinos asedian la puerta de la casa. Puede ser también que el mensaje haya entrado y salido de una imaginación estéril de manera subliminal e inconsciente, debido a que ese cerebrito seco vive en una sociedad que reproduce ese tipo de pensamiento todo el tiempo. Etcétera, etcétera.
Si tuviera que dar una opinión crítica, como si fuera un crítico de cine o supiera de críticas, a pesar de que tengo una semi formación en el tema, diría que no existe "mal mensaje" per se.
"Sol naranja" es una combinación simple de poca imaginación, pensamiento infantil, escenas regurgitadas de cine extranjero y sin ninguna aspiración estética, por lo que no hay lectura más allá del nivel literal de la imagen. Las imágenes y los sonidos se leen tal cual. La sequía no vuelve locos a los habitantes de pueblucho/barrio. En la construcción de los planos no se nota una intención de volverlos "extraños", como si hubiera locura o delirio. Planos holandeses, por ejemplo. Cámara en mano con mucho movimiento, gestos extraños en los habitantes, exagerados, monstruosos si fuera necesario. Pero lo que sea para denotar un estado mental desequilibrado.
Patean la puerta y quieren agua. En serio. No es broma, no es delirio.
Dejemos de lado la consideración de que la dueña del pececito tiene agua. ¿Dónde la consiguió? Ah. Es un corto metafórico, ¿no? No creo. Si fuera metafórico, entonces el mensaje sí es malo. Porque el pez no es pez, el agua no es agua, y todo es simbólico, menos las patadas en la puerta. Si el final fuera una moraleja, ¿cuál sería? "Sol naranja" no tiene moralejas, y si la tuviera, una de ellas sería la abolición de la solidaridad como bien supremo, o casi supremo.
"Sol naranja" invita a muchas consideraciones. Ciertamente. Yo puedo hacer muchas críticas, como la de lo extraño que me resulta esa tierra seca en los primeros planos, significando extrema sequía, cuando árboles verdes y plantas verdes abundan en las casas de la calle en la escena final, o esa magistral pieza de confusión mental en la que se empieza con música diegética surgida de un tocadiscos, que se hace extradiegética y culmina con una mano que apaga el tocadiscos pero sigue la música. ¿Por qué apaga el tocadiscos? ¡Que lo deje andar!
miércoles, 2 de abril de 2008
Karma subterráneo
Lo cierto es que, con o sin optimismo peronista, hoy, como casi todos los días, pagué un solo viaje en lugar de dos, como corresponde. Cuatro días a la semana viajo en subte para ir a la facultad. Ida y vuelta. Y desde la semana pasada vengo pagando, siempre, un solo viaje.
El secreto está en querer pagar un SubtePass de 0,90 centavos con un billete de dos pesos. No tienen monedas para darte. Siempre se pasa gratis. Ojalá siempre usara el mismo billete de dos pesos, así podría decir que ese es mi SubtePass. Y ojo: tengo las monedas para pagar justo, porque tengo que viajar también en colectivo, ida y vuelta. Pero no quiero usarlas. El servicio no es lo mejor, aunque es ostensiblemente preferible al que ofrecen otras líneas, léase la C, la más ruidosa, junto con la E, y la A, con sus vagones de madera del siglo pasado que se sacuden y sufren cortocircuitos que hacen parpadear las luces interiores. La D, igual que la B, es pasable.
Lo mejor de viajar en subte es el anacronismo de las estaciones. En la línea B se nota genial. La estación Carlos Gardel, cuyos pasillos interiores desembocan en las entrañas del concheto Abasto, desentona terriblemente con la estación anterior (o posterior) Pueyrredón, siempre con olor a vómito fermentado y paredes de revoque desconchado. Ni hablar de Federico Lacroze y Los Incas, la extensión, una estación que parece del siglo XXII. Casi.
martes, 1 de abril de 2008
El fino y delicado arte de quitar frases de contexto
Antes que nada, sepan los imbéciles que aspiren a convertirse en amos de esta técnica, que la fofa materia gris del televidente es absolutamente moldeable.
Para tener éxito en esta disciplina mediocre, y asombrar a tus amigos con tu intelecto y demostrar que el discurso ajeno es algo que tú puedes sodomizar fácilmente, gracias a tus protuberantes hemisferios cerebrales, debes recordar lo siguiente:
1. Las comillas señalan algo que ha sido dicho literalmente, es decir, tal como lo ha dicho el que está dando el discurso. ¡Pero no te preocupes! Sabemos que el espacio del videograph es limitado. Si la frase no entra en ese espacio, ¡adáptala para que lo haga! ¿Y con las comillas? ¡No hay problema! Después de todo, ¿quién es el inteligente?
2. Recuerda, son sólo frases. No ideas. No párrafos. No conceptos. Sólo frases. Cualquier frase. La que te apetezca. Tu tarea no es informar, es desinformar. ¡Recuérdalo!
3. Elige la frase que consideres más jugosa. Sí, esa que dictan tus instintos. Busca palabras clave en el discurso ajeno. "Inseguridad", "Crimen", "Soja", son todos buenos ejemplos de ella. Cualquier cosa alrededor de ella estará bien.